En cuanto a la vista, lo que más me agrada son los atardeceres, esos atardeceres morados, rojos o rosas, esos atardeceres que estás esperando durante todo el día porque son tu parte favorita de las tardes. Esos que hacen que tus planes sean los mejores, que la gente que te quiere sabe que no hay un plan que te guste más que sentarte en un mirador con él o ella y estar ahí en silencio viendo como las nubes se mueven y el color se va haciendo más intenso conforme anochece, hasta que finalmente solo ves la luna y las estrellas y que todos esos colores hayan quedado en negro. El sentimiento de paz que transmite verlos, como te desconecta de todo el mundo material, de todo lo que nos carga durante el día, y con los que conseguimos solo sentir paz. Actuando de forma terapéutica, que nos hacen encontrarnos, encontrar a esa parte de ti que quizá está dejando de ser por distintas situaciones a las que te lleva el día a día.


En cuanto al tacto lo más agradable para mi son dos cosas: la primera es meterte en la cama con las sábanas recién cambiadas, sobre todo en invierno, después de estar todo el día con frío, que llegue la noche y meterte y que tus pies puedan tocarlas, que los pies se deslicen suavemente por ellas y se te erice la piel de lo suaves y calientes que están, que luego esa sensación te siga subiendo y sean tus manos las que se aferran a estas sábanas y las cojas con fuerza porque has tenido un muy mal día y ese sea tu momento de escape, de descanso, de paz…
La segunda son las caricias, una caricia en la mano, en la espalda, por el pelo… A veces una caricia puede salvarnos, sentir la piel de otra persona con la tuya, esa sensación de que de alguna manera os estáis uniendo, como la persona que te está acariciando consigue liberarte de la mochila de piedras que llevas, haciéndote sentir libre, querida y protegida. Cómo una caricia nos puede transmitir tantas cosas, en algunos momentos nos puede resultar confortante o cálido, o en otras nos puede resultar excitante o placentero.
Lo más placentero para mi oído es la risa de los niños, risas completamente sinceras, que recibimos como regalos de amor, de luz y de alegría. Al escuchar a un niño reír nos transportamos a cuando nosotros eramos niños, a la vida sin preocupaciones, a salir a la calle a las cuatro y estar jugando con tus vecinos hasta que anocheciera porque al día siguiente tenías colegio, a sentarte en el sofá viendo tus dibujos favoritos y que tu madre o tu padre te trajera tu bocadillo de nocilla, ese que devorabas en un segundo. Escuchar a los niños reír nos llena de luz, verlos disfrutar, ser felices, inocentes, disfrutando de esa infancia y esa ingenuidad que con los años se apaga y que nunca más vuelve. Entonces, nos hacen recordar que una carcajada nos oxigena de buenas vibras, nos ayuda a tomar aire en los peores momentos y a ser sinceros con la vida, que al fin y al cabo es la que nos ha tocado vivir.


En cuanto al gusto lo más agradable para mi son dos cosas: el queso, uno de mis alimentos favoritos porque al comer queso puedes encontrar sabores muy distintos. Un queso más suave, que puede ser algo dulce como el de una tarta o a veces con un toque cremoso, esa sensación de comerlo y que la boca se te haga agua porque está tan suave que tus papilas gustativas lo agradecen, sientes que estás tomando una crema, ya que se te derrite en la boca de lo tierno y suave que está, esta sensación que te recuerda a cuando eras pequeño y tu madre te daba para merendar los palitos que llevaban queso para untar.
La segunda cosa más agradable para mi gusto son los turrones: esos turrones que esperamos durante todo el año hasta que llega la época de comerlos, la navidad. Ese largo trozo de dulce, de diferentes sabores, que únicamente comes en casa de la abuela, porque ella te lo traía con ilusión. Un bocado de nuestro turrón favorito, ese turrón que al principio no amabas pero que con los años te ha acabado encantando y no solo por su sabor, que es una bomba dulce que contrasta el sabor amargo del café que has tomado antes, sino que por los recuerdos que te trae comerlo, recuerdos de todas la navidades de tu vida, con toda tu familia, que con los años ha ido quedando más pequeña, el recuerdo de la persona por la que siempre lo has comido, tu abuela, que ya no está, pero que sigues comiéndolo para que no se enfade.
En cuanto al olfato, mi olor favorito es el de la casa de mi abuela, el que llevo oliendo durante toda la vida. Ese característico aroma que te transporta a la infancia, a cuando eras un niño y llegabas del colegio a la hora de comer, y subiendo por las escaleras ya podías deducir la comida que tenías ese día solo por las primeras ráfagas de diversos olores, que a veces eran lo que esperabas y otras no tanto. La casa de nuestras abuelas que tiene ese característico perfume, ese perfume que te recuerda a hogar, al sitio en el que has crecido y madurado, en el que has vivido con las personas más importantes de tu vida y donde has tenido numerosos y emocionantes recuerdos: navidades, cumpleaños, reencuentros e incluso despedidas.

Otro olor agradable para mi olfato es la gasolina, es un aroma intenso, que no a todo el mundo le gusta, pero que nos recuerda a los largos viajes con nuestra familia, esos viajes que parten cuando nuestra madre o nuestro padre le hecha la gasolina al coche. El olor a viaje que estamos tan acostumbrados a oler que a la mayoría de nosotros nos ha acabado gustando.